Opinión: Para EE.UU., la guerra de Afganistán continúa

Foto: Deutche Welle.

Afganistán es entretanto la guerra más larga en la historia de EE. UU. Donald Trump quiere continuar con esa guerra. ¿Por cuánto tiempo y con qué metas? Las respuestas siguen estando pendientes, opina Sandra Petersmann.

Lo único novedoso del discurso de Trump es el tono: “No seguiremos reconstruyendo países. Nosotros matamos terroristas”. Así, se aleja de la farsa verbal de muchos políticos occidentales. También de sus antecesores, Obama y Bush Junior, quienes justificaron la intervención en Afganistán una y otra vez aduciendo la exportación de la democracia y la protección de los derechos humanos, aunque ambos presidentes, a falta de una estrategia política, admitieron constantemente la prioridad militar. Como lo hace Trump ahora.

Continuidad en vez de nuevas estrategias

Trump dejó claro que es del propio interés de los estadounidenses seguir interviniendo en Afganistán. Dijo que heredó allí “problemas complicados y graves”, pero él es una “persona que soluciona problemas”, y añadió: “Al final ganaremos”. Prescindió de definir lo que significaría esto políticamente. “Nuestras tropas luchan para ganar. A partir de ahora la victoria se definirá con claridad: atacar a nuestros enemigos, acabar con el EI, eliminar a Al Qaeda y evitar que los talibanes se apoderen de Afganistán”. Para llevar esto a cabo va a necesitar mucho tiempo. ¿Y qué sucederá cuando se repatrien más ataúdes con soldados estadounidenses?

Trump no dio cifras sobre el planeado refuerzo de las tropas en Afganistán ni tampoco habló sobre una fecha concreta para poner fin a dicha misión. Solo dijo que “la realidad en el lugar, y no un plan temporal arbitrario, dirigirá a partir de ahora nuestra estrategia”.

El presidente de Estados Unidos anunció que agilizará las normas de intervención de los soldados estadounidenses. “La microgestión desde Washington no gana batallas”, dijo literalmente, y añadió que los soldados en el frente pueden actuar en “tiempo real”.

Esto suena a más drones, más ataque aéreos, más combates y disparos, más guerra y más muertes. Suena a más de lo mismo. Estados Unidos vuelve a intervenir en la batalla bajo el mando de Trump. A los aliados de la OTAN no les hará ninguna gracia. Desde hace semanas han señalizado que prestarían apoyo, pero se debe evitar, en cualquier caso, dar la impresión de que la OTAN lidera una guerra en Afganistán. Sin embargo, ese acto de equilibrio no se podrá mantener a la larga.

Pakistán, el aliado complicado

Conocidas son también las amenazas verbales hacia Pakistán. “No podemos permanecer más en silencio ante las zonas de refugio para las organizaciones terroristas, los talibanes y otros grupos en Pakistán”, subrayó Trump. Ya lo habían mencionado otros, como Obama, Clinton, Cheney o Rumsfeld. Todos hablaron sobre el supuesto doble juego pakistaní en el campo de batalla, con denuncias, amenazas y esporádicamente cerrando el grifo del dinero, pero sin hacer nada más.

Y es que Pakistán cuenta con armamento nuclear y como socio es indispensable. Incluso, el abastecimiento de las tropas estadounidenses en Afganistán depende de Pakistán. Trump exige a Pakistán que “demuestre su apoyo a la civilización, al orden y a la paz”. Pero, ¿qué hará Trump si Pakistán persigue sus propios objetivos? ¿Aplicar sanciones? ¿Enviar aún más drones? ¿Suprimir todas las ayudas militares? ¿Enviar declaraciones de amor hacia India? Esto haría que China estuviese mucho más presente que hasta ahora.

En un callejón sin salida

A más tardar al llegar a esta parte, llama la atención que Trump no tiene ningún as en la manga, ni una perspectiva política completa de la región. Esto fue un error garrafal al comienzo de la invasión estadounidense hace 16 años. El campo de batalla afgano estaba y sigue estando repleto de actores.

No solo se trata de Pakistán, sino también de la India, Irán, Rusia, China y Arabia Saudí, que persiguen sus propios intereses. Todos buscan y encuentran aliados en Afganistán. Las alianzas fluyen y se trata siempre de sacar ventaja propia. La gran cantidad de actores se desestabilizan entre ellos. Afganistán es desde hace décadas un escenario para las guerras de poder ideológicas y militares.

El hecho de que Afganistán esté fragmentado, tras casi cuarenta años de guerra política, social y étnica, juega a favor de los actores extranjeros. Occidente intervino hace 16 años en una guerra civil sin resolver. No hay un Gobierno de unidad nacional en Kabul. El pacto entre el presidente, Ashraf Ghani, y el jefe del Ejecutivo, Abdulá Abdulá, está profundamente deteriorado. Por otro lado, el vicepresidente Dostum huyó del país para evitar las investigaciones sobre un supuesto caso de secuestro y violación de un rival político.

Caciques corruptos como supuestos estabilizadores

Gobernantes políticos regionales, como Atta en Balkh, una provincia al norte del país, se comportan como reyes absolutistas. Pueden hacerlo porque occidente los apoya y los financia como supuestos estabilizadores. Esos líderes pueden ser corruptos, disponer de su propia milicia y acosar a su propia población. Esto conlleva a que haya una distancia creciente entre el Gobierno de Kabul y los ciudadanos, y favorece a los talibanes. La cultura de la impunidad es una garantía para el terror.

El presidente Trump también tendrá que reconocer que no se puede lograr la victoria bombardeando el país. En algún momento todo acabará en largas y complicadas negociaciones. Cuando todos estén agotados. Ese es el estado actual de la situación: no hay una estrategia nueva, sino la continuación de una guerra, que nadie puede ganar. El terrorismo es siempre también la respuesta al vacío político.

Sandra Petersmann (RMR/ER)

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