domingo, diciembre 4, 2022

150 años de la dinamita

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El 19 de septiembre de 1867, al químico sueco Alfred Nobel le fue concedida la patente de un explosivo que transformó al mundo.

La nitroglicerina es una sustancia viscosa que fascinó desde un principio a Alfred Nobel (1833-1896). Sus efectos –y consecuentemente sus peligros– son mayores que los de la pólvora. Nobel la descubrió durante un viaje de estudios, en el laboratorio del químico italiano Ascanio Sobrero, cuyo rostro estaba desfigurado por experimentos fallidos. Sobrero consideraba la nitroglicerina tan problemática que renunció a explotarla económicamente. No así Nobel. Este vio en la sustancia grandes posibilidades, aunque podía explotar bajo presión y en caso de fuertes sacudidas.

Nobel comenzó a trabajar en la superación de ese problema. Su primer paso fue agregarle un detonante. Pero la nitroglicerina seguía siendo inestable. Para poder controlar su poder explosivo era necesario combinarla con otra substancia. Pero ¿con cuál? Nobel lo intenta con yeso, virutas, barro y polvo de ladrillo. Ninguna de las combinaciones funciona. Nobel sigue creyendo igualmente en que lo logrará. Ya durante esa fase produce en Suecia grandes cantidades de nitroglicerina con detonante. Hasta que sucede lo inevitable…

La fábrica en Suecia vuela por los aires. Entre los muertos se halla Emil, el hermano menor de Alfred Nobel. El Gobierno sueco impone limitaciones a la producción de nitroglicerina. Nobel resuelve trasladar la producción a Alemania, a Krümmel in Geesthach, cerca de Hamburgo. Pero los accidentes siguen sucediéndose, por ejemplo, en los barcos que transportaban nitroglicerina. Se multiplican las voces que exigen más medidas de seguridad: rodear las fábricas con terraplenes y modificar la construcción de sus techos. Igualmente, muchos países quieren prohibir la nitroglicerina. Era necesario hallar otra solución.

¡Eureka!

Para el transporte de nitroglicerina, Nobel utilizaba como colchón diatomita, un material sedimentario silíceo formado por microfósiles de algas marinas. Durante un transporte, se derramó nitroglicerina, que fue absorbida por la diatomita… sin explotar. ¡Eureka: en 1866, Nobel mezcla tres partes de nitroglicerina con una parte de diatomita y le agrega carbonato de soda como estabilizador químico. Había hallado lo que tanto tiempo había estado buscando: el explosivo había pasado a ser manejable.

Primero pensó en llamarlo «explosivo de seguridad”. Luego se decide por «dinamita”, derivada del griego dynamis, que significa fuerza. El año siguiente recibe, efectivamente, la patente por la invención de la dinamita. Pronto comienza a producir dinamita en docenas de fábricas y a dominar el 90 por ciento del mercado de los explosivos. Con otras 300 patentes sigue luego perfeccionando la dinamita. Desarrolla, por ejemplo, también una gelatina que explota debajo del agua.

Vida y destrucción

La dinamita mueve literalmente montañas. Posibilita la construcción del Canal de Panamá (1881-1889) y la del túnel del San Gotardo (1872-1882). Pero también es usada para fines bélicos y atentados. Alfred Nobel comienza a reflexionar sobre las consecuencias de su descubrimiento. Luego, una mujer cambia su vida: Bertha von Suttner. La escritora, que durante dos semanas había sido también secretaria de Nobel, publica en 1889 «¡Abajo las armas!”, un libro que pronto se transformó en un superventas de la época.

Nobel queda impresionado. Pronto comienza a desarrollar una idea que realmente lo transformará en «inmortal”: aún antes de su muerte, decide traspasar la mayor parte de su patrimonio a una fundación. Los intereses de esa fortuna derivada de la producción de dinamita serán destinados a premiar anualmente a personas o instituciones que hayan llevado a cabo investigaciones, descubrimientos o contribuciones notables en beneficio de la humanidad en los campos de la química, la física, la medicina, la literatura y la paz.

Había nacido el Premio Nobel, que es entregado por primera vez cinco años después de la muerte de Alfred Nobel. El premio Nobel de la paz de 1905 es concedido a Bertha von Suttner, la mujer que había inspirado a Alfred Nobel y con la que había comenzado la historia del galardón: el círculo se cierra.

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